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Calidad de la carne y nutrición: la oportunidad de diferenciar el vacuno desde la granja hasta el consumidor

María José Castro Carrera, responsable del servicio técnico de vacuno de carne de De Heus España, explica como una alimentación bien diseñada puede marcar la diferencia en un mercado cada vez más exigente.

Calidad de la carne y nutrición: la oportunidad de diferenciar el vacuno desde la granja hasta el consumidor

La calidad de la carne de vacuno ya no puede entenderse únicamente como una cuestión de conformación, rendimiento o precio. Hoy es un concepto mucho más amplio, en el que confluyen factores productivos, nutricionales, sanitarios, de bienestar animal y de percepción del consumidor. En un mercado cada vez más exigente, donde la diferenciación marca la rentabilidad, la nutrición se convierte en una herramienta estratégica para contribuir a mejorar atributos tan relevantes como el color, el nivel de engrasamiento, el marmoleo, la estabilidad oxidativa o la capacidad de retención de agua.

Hablar de calidad de carne es hablar de un resultado final que empieza mucho antes del sacrificio. Desde el origen del animal hasta el manejo en la explotación, el transporte, el matadero y la maduración posterior, cada fase deja su huella sobre el producto final. Sin embargo, dentro de esa cadena, la alimentación tiene un papel especialmente interesante porque permite influir en determinados procesos fisiológicos relacionados con el perfil comercial y sensorial de la carne.

Un resultado condicionado por muchos factores

La calidad final de la carne depende de la interacción entre factores intrínsecos y extrínsecos. Entre los primeros se incluyen la genética, la raza, el sexo, la edad, la capacidad de deposición de grasa, el tipo de fibra muscular, el temperamento, la resistencia al estrés y el potencial de crecimiento. Estos elementos determinan de base el color, la terneza, el sabor y la infiltración que podrá alcanzar cada animal.

Los factores extrínsecos son igualmente decisivos. El ayuno previo a la carga, el transporte, el tiempo de espera en el matadero, el aturdimiento, el faenado, el enfriamiento de la canal, el despiece, la conservación y la maduración influyen sobre parámetros tan importantes como el pH, la textura o la estabilidad microbiológica. A todo ello se suman el bienestar animal, la densidad en las instalaciones, la mezcla de lotes, el confort térmico y la calidad del encamado o del agua, que afectan al nivel de estrés previo al sacrificio.

Esta visión global es importante porque ayuda a entender que la calidad de carne no se improvisa al final del proceso. Se construye desde el inicio, y la nutrición tiene capacidad para contribuir al resultado final dentro de un manejo adecuado. En otras palabras, una buena genética no basta si el manejo no acompaña, y un buen manejo puede perderse si la dieta no está diseñada para apoyar el resultado esperado.

El agua como nutriente clave

Entre todos los elementos de la dieta, el agua merece una atención especial. Su calidad, disponibilidad y limpieza influyen en el consumo, el bienestar y el funcionamiento ruminal. El consumo diario de agua en terneros suele situarse en torno al 10-12% del peso vivo, aunque varía según la dieta, la climatología y el estado fisiológico del animal.

La fuente de suministro también importa. El agua puede proceder de pozo, sondeo, charca o abastecimiento público, y en todos los casos conviene controlar su dureza, su balance mineral, su calidad microbiológica y el caudal de los bebederos. Un agua mal gestionada reduce la ingesta, compromete la salud y puede limitar el crecimiento y la respuesta productiva.

En sistemas de cebo intensivo, donde la densidad energética es elevada y el margen de error reducido, el agua se convierte en un factor de seguridad productiva. No basta con que haya agua; debe estar limpia, ser accesible y mantenerse en condiciones que favorezcan un consumo regular. Este punto es todavía más relevante en fases de adaptación o en periodos de estrés térmico, cuando el animal es más sensible a cualquier restricción de ingesta.

La fibra y la salud digestiva

La fibra no solo es una herramienta para estabilizar la fermentación ruminal. También influye de forma indirecta en la calidad de la carne, porque condiciona la salud digestiva, la capacidad de ingesta y el equilibrio entre energía rápida y fermentación más segura. La fuente de fibra puede proceder de paja, cereal, forraje o ensilado, y cada una aporta efectos diferentes sobre la dieta final.

El empleo de fibras poco palatables o muy lignificadas o que su disponibilidad no sea la adecuada puede reducir la ingestión de fibra efectiva y aumentar el riesgo de problemas digestivos.

En las fases de adaptación, la recomendación de utilizar forrajes de calidad, como la avena, cobra todo el sentido. No solo ayudan a mantener una correcta función digestiva, sino que favorecen la transición desde dietas más fibrosas hacia raciones más concentradas. Ese equilibrio ayuda a reducir el riesgo de desequilibrios digestivos, mejora el consumo y prepara al animal para una fase de cebo más eficiente. No recomendamos alargar mucho esa oferta de forraje para no penalizar el consumo de pienso que será el que mejore la eficiencia productiva, con 15 días será más que suficiente.

Color y percepción del consumidor

El color de la carne es uno de los primeros atributos que observa el consumidor y, por tanto, uno de los más influyentes en la decisión de compra. La mioglobina es la proteína responsable de esa coloración, y su estado de reducción determina tonalidades más rojas, más oscuras o más apagadas. Aunque el color no siempre refleja una peor calidad intrínseca, sí condiciona fuertemente la percepción sensorial.

La cantidad de mioglobina varía según el músculo, la edad del animal, la raza y su nivel de actividad física. Por eso, no todos los cortes de un mismo individuo presentan exactamente la misma coloración. La nutrición también puede intervenir, especialmente a través del aporte mineral, ya que el hierro resulta esencial para la síntesis y disponibilidad de mioglobina.

El hierro tiene una biodisponibilidad variable y compite con otros minerales, como el cobre, por su absorción. Mantener los niveles recomendados según las necesidades y las fases productivas es fundamental para cubrir las necesidades nutricionales del animal conforme a recomendaciones técnicas. En este punto, la nutrición no solo busca rendimiento, sino también consistencia visual y calidad comercial.

La grasa como atributo de valor

La grasa es uno de los grandes elementos de diferenciación en la carne de vacuno. No se trata solo de la grasa total, sino de su distribución, su color, su textura y su infiltración intramuscular. El marmoleo mejora la terneza, la jugosidad y la aceptación del producto, por lo que se ha convertido en un objetivo prioritario en muchas estrategias de producción de carne premium.

El marmoleado depende de la genética y de la nutrición. Hay razas con mayor predisposición a infiltrar grasa, como Wagyu o Angus, y otras con perfiles distintos, pero todas responden en cierto grado al manejo alimentario. La nutrigenómica ha demostrado que los componentes de la dieta, especialmente la energía y la grasa, pueden estar asociados a cambios en la expresión génica relacionada con la deposición lipídica.

Aumentar la densidad energética de la dieta, controlar la relación fibra-concentrado y ajustar el tipo de grasa aportada y el uso de materias primas o aditivos autorizados conforme a la normativa vigente son herramientas útiles para mejorar el marmoleo. Además, la curva de deposición del animal debe tenerse en cuenta, porque no todas las fases responden igual ni todos los animales tienen la misma capacidad de convertir energía en grasa intramuscular.

Qué papel juegan los ácidos grasos

La incorporación de grasas protegidas o by-pass permite contribuir a aumentar la densidad energética sin comprometer en exceso la fermentación ruminal. Esto ayuda a incrementar la disponibilidad de energía neta y favorece la síntesis de ácidos grasos en el tejido adiposo. Al mismo tiempo, puede influir en el perfil de ácidos grasos desde el punto de vista de la calidad.

Los ácidos grasos poliinsaturados, aunque nutricionalmente valiosos, son más susceptibles a la oxidación que los monoinsaturados. Por eso, su manejo en la dieta requiere equilibrio. El interés actual no está solo en aumentar grasa, sino en hacerlo de forma que el producto final mantenga buena estabilidad oxidativa, buen color y una vida útil adecuada.

En este contexto, también cobran importancia los CLA, que se forman como intermediarios durante la biohidrogenación ruminal de los lípidos de la dieta. Han sido objeto de estudio por su interés nutricional, por lo que la estrategia alimentaria debe buscar un punto de equilibrio entre salud, rendimiento y calidad tecnológica de la carne.

Vitaminas y antioxidantes

Las vitaminas desempeñan un papel relevante en la diferenciación de las células grasas. Un aporte estratégico y bien planificado puede estar asociado a la deposición grasa en determinadas condiciones.

La vitamina E es, probablemente, uno de los antioxidantes más interesantes en producción de carne. Su función ayuda a la protección frente a la oxidación, puede favorecer la estabilidad del color y contribuye a prolongar la vida útil del producto final. Además, su papel inmunitario apoya el funcionamiento normal del sistema inmunitario dentro de una dieta equilibrada, algo especialmente importante en fases de cebo intensivo.

A estos efectos se suman otros compuestos como los polifenoles y el selenio orgánico. Los polifenoles aportan capacidad antioxidante, mientras que el selenio orgánico presenta mayor biodisponibilidad y capacidad de almacenamiento. En conjunto, estas herramientas permiten diseñar estrategias nutricionales más finas para proteger la calidad final de la canal.

pH y retención de agua

Uno de los grandes retos en carne de vacuno es conseguir una correcta caída del pH postmortem. El glucógeno muscular es la reserva que permite generar ácido láctico tras el sacrificio, y de su disponibilidad depende que el pH descienda de forma adecuada. Cuando las reservas son insuficientes, el resultado puede ser una canal con pH elevado y menor capacidad de retención de agua.

Las causas de un pH alto suelen estar ligadas al estrés: ayuno previo, mezcla de animales, transporte largo, estrés térmico, esperas prolongadas, mala praxis en el aturdimiento o manejos agresivos. Incluso el tiempo y la temperatura del enfriamiento postmortem pueden alterar la calidad final si no se controlan bien.

Desde el manejo alimentario se pueden aplicar estrategias nutricionales dentro de un enfoque global de producción. Los piensos ricos en azúcares e hidratos de carbono en la fase de remate favorecen la disponibilidad de energía utilizable por el animal. También pueden utilizarse soluciones ricas en azúcar y electrolitos antes de la carga o antes del sacrificio, de acuerdo con la normativa aplicable y bajo asesoramiento técnico.

Estrategias para mejorar resultados

La calidad de carne exige planificación, no solo corrección de problemas. En las producciones orientadas a carnes premium, el objetivo no debe ser únicamente maximizar crecimiento, sino optimizar la canal para que responda a las exigencias del mercado. Eso implica seleccionar razas, ajustar el cebo, controlar el estrés y utilizar herramientas nutricionales acordes al resultado buscado.

En esta lógica, la fase de adaptación es esencial. Un buen arranque, acompañado de forraje de calidad y agua limpia, facilita la transición hacia dietas más densas. Posteriormente, la fase de crecimiento y remate debe orientarse a aprovechar el potencial productivo del animal, mejorar la cobertura de grasa y sostener una fermentación ruminal estable.

La diferenciación también pasa por entender qué cliente se quiere servir. No es lo mismo producir carne para un canal estándar que para un mercado que valora el marmoleo, el color de la grasa o la regularidad del producto. La nutrición permite ajustar la estrategia a ese objetivo y contribuir a la diferenciación del producto en el mercado.

Una oportunidad para el sector

La tendencia hacia la diferenciación de la carne de vacuno es clara y va en aumento. Esto abre una oportunidad para los productores y para los técnicos que sepan traducir la ciencia nutricional en resultados de campo. La clave está en identificar los puntos críticos del proceso y actuar sobre ellos con soluciones concretas, medibles y sostenibles.

Hoy disponemos de conocimiento y tecnología suficientes para trabajar sobre el color, la grasa, el marmoleo, la estabilidad oxidativa y la seguridad ruminal de forma más controlada que hace unos años. Eso obliga a ser más exigentes, pero también permite ofrecer al mercado productos mejor valorados y con una propuesta diferencial más sólida.

En definitiva, la calidad de la carne no depende de un único factor, sino de la suma de muchas decisiones bien tomadas.

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