El monte vecinal en mano común de Areas, en el municipio de Tui, es uno de esos territorios pequeños que encierra una historia grande. Setenta hectáreas de las cuales sesenta son productivas, y el resto dedicadas a vivero forestal y zonas dotacionales. Ochocientos vecinos y vecinas, ciento noventa de ellos comuneros. Un monte que dejó atrás su función auxiliar de la agricultura para convertirse en un espacio periurbano, multifuncional y certificado.
El Programa de Reconocimiento de Montes PEFC visitó esta comunidad para conocer de primera mano su modelo de gestión, basado en la diversificación, la anticipación a los riesgos y la implicación social. El resultado es un relato de veinte años de transformación, impulsado por decisiones técnicas valientes y una filosofía clara: «queremos que siga siendo monte».

Un monte pequeño con una visión grande
Manuel Pereira, presidente de la CMVMC de Areas – Tui, explica que el monte «durante muchísimos años cumplió una función de prestación de servicios y de creación de infraestructuras que no le correspondían, y sufrió mucho expolio». En los últimos veinte años, la comunidad decidió revertir esta dinámica con una política rotunda: el cien por cien de todos los recursos que produce el monte están dedicados al propio monte.
El objetivo principal, añade, es que sea un monte sostenible que aporte lo que es capaz de aportar, y que la comunidad sea a su vez quien de responder a lo que el monte demanda.
«No empleamos ningún tipo de recurso del monte para atender necesidades que no son propiamente del monte», subraya Pereira. El objetivo principal, añade, es que sea un monte sostenible que aporte lo que es capaz de aportar, y que la comunidad sea a su vez quien de responder a lo que el monte demanda.
Frondosas como apuesta estratégica y de convivencia
La comunidad de Areas hizo una apuesta decidida por las frondosas autóctonas, pero no como un monocultivo, sino como una estrategia de integración en el territorio. Pereira explica que las introdujeron como «islas salpicadas por todo el monte» y, sobre todo, en las orillas de las pistas forestales y caminos: «Un marco de plantación de cuatro por cuatro y dos fileras, en algunos casos tres, que sumamos de una punta a otra da un buen cortafuegos vegetal». Aunque no va a apagar un incendio, admite, «sí que ayuda a retardar, tanto para que no llegue a las viviendas como para que los medios de extinción puedan actuar con cierta celeridad».
La elección de las especies no es aleatoria. «Hay abedules, robles, castaños, fresnos, capudres, madroños y avellanos», enumera el presidente. El objetivo no es solo productivo: en las zonas próximas a las viviendas, la frondosa «ayuda a convivir entre las personas y el monte, porque te alegra, porque te ayudan a ver la diversidad del medio, porque ves cómo cambian las estaciones». Además, señala, cuando llegan las lluvias, «ayudan a fijar el agua que se filtra» y en época de calor, «a que la erosión y la evaporación no sea tan evidente».

Pero la innovación también llegó a la conífera mayoritaria. Ante la aparición del nematodo del pino, la comunidad, asesorada por CERNA, introdujo una pequeña parcela experimental con pino de origen francés y, más recientemente, dos hectáreas con una variedad de Oregón buscando similitudes climáticas con las proyecciones para el Bajo Miño: «Inviernos cálidos, pero veranos ya muy exigentes, con temperaturas en algunos momentos por encima de los cuarenta grados».
«Cambiamos el cultivo y lo transformamos en una zona de frondosa. Hoy estamos haciendo trabajos de limpieza en la franja de seguridad, que es casi de trescientos o cuatrocientos metros en la orilla de las viviendas».
Innovación y anticipación: más allá del pinar
La apuesta por la frondosa no es casual. Pereira explica que la comunidad se anticipó a las normas de prevención de incendios: «Cambiamos el cultivo y lo transformamos en una zona de frondosa. Hoy estamos haciendo trabajos de limpieza en la franja de seguridad, que es casi de trescientos o cuatrocientos metros en la orilla de las viviendas». Un ejemplo de gestión activa y planificación que evidencia cómo un monte bien ordenado puede compatibilizar la producción con la seguridad de las personas.

Educación ambiental e implicación social: el monte como espacio de encuentro
La implicación social es, para Pereira, uno de los pilares de la comunidad. El ejemplo más visible es un grupo de voluntariado que lleva 25 años operativo: «Un grupo de vecinos, no vecinos e incluso algunos comuneros, que desde hace veinticinco años tenemos para intentar luchar contra los incendios forestales. No son bomberos forestales, son vecinos que en la época estival vienen al monte y pasean, y cualquier cosa que les produce sospecha la comunican».
La comunidad organiza una intensa programación anual: Jornadas Micológicas (ya van por la duodécima edición), rutas de aves para identificarlas por su canto, noches de estrellas en la época de San Lorenzo con un astrónomo, rutas de hierbas de San Xoán, y visitas guiadas para colectivos.
Pero el compromiso va mucho más allá de la vigilancia. La comunidad organiza una intensa programación anual: Jornadas Micológicas (ya van por la duodécima edición), rutas de aves para identificarlas por su canto, noches de estrellas en la época de San Lorenzo con un astrónomo, rutas de hierbas de San Xoán, y visitas guiadas para colectivos. Además, colaboran con colegios en el Día del Árbol con plantaciones participativas. «Creo que todo eso, a fin de cuentas, pone en valor el monte vecinal», resume Pereira.
La certificación como sistema, no como sello
Francisco Álvarez, gerente de CERNA Ingeniería y Asesoría Medioambiental, explica que esta entidad, creada en Lugo en el año 2002, trabaja fundamentalmente con el propietario y la industria forestal de primera transformación. Su grupo de gestión forestal de ámbito nacional, iniciado en 2010, integra en la actualidad unas 50.000 hectáreas en Galicia, pertenecientes a aproximadamente 27.000 unidades de gestión forestal y 21.000 propietarios.
Sobre las ventajas de pertenecer a un grupo de certificación, Álvarez es contundente: «Para el pequeño propietario gallego, acceder a esos beneficios de manera individual sería prácticamente imposible. Un pequeño propietario que pueda tener dos hectáreas y media en cinco o seis fincas, a nivel económico sería completa y absolutamente inviable». Los grupos, añade, permiten «acceder en igualdad de condiciones a las ventajas de la certificación, con unos costes muy contenidos y asumibles para cualquier productor».

Además del beneficio económico y de acceso a mercados, Álvarez subraya el reconocimiento a la gestión: «Es un reconocimiento de que cumple los requisitos legales y las mejores prácticas desde el punto de vista sostenible. Es una solidez para su manera de actuar».
En cuanto al Sistema de Gestión de Grupo (SXC) que desarrollaron, Álvarez detalla que se trata de una plataforma que «permite hacer un seguimiento y una gestión de la certificación de una manera sencilla, eficiente y eficaz». Esta herramienta, añade, «mantiene el contacto entre nuestros clientes, los propietarios forestales y otras entidades que participan de la gestión, como empresas de servicios forestales, y establece los protocolos y la forma de funcionamiento del grupo».
PEFC «es una herramienta de mercado, pero también una imagen y un reconocimiento que nos permite demostrar que la gestión que se está haciendo cumple con todos los requisitos para considerarla sostenible»
PEFC: la elección natural para un grupo de certificación
Sobre la relación con PEFC, Álvarez no tiene dudas: «El sistema PEFC es el sistema de certificación forestal más implantado en España y en Europa. Para nosotros, era una obligación implantar el sistema más importante». Añade que PEFC «es una herramienta de mercado, pero también una imagen y un reconocimiento que nos permite demostrar que la gestión que se está haciendo cumple con todos los requisitos para considerarla sostenible». La integración de CERNA en el sistema PEFC se produjo en 2015, lo que les permitió alinearse con el estándar de certificación de mayor implantación en Europa y consolidar su estrategia de gestión forestal sostenible.

Para la CMVMC de Areas, la certificación PEFC supuso un hito en su estrategia. Manuel Pereira resume así el valor del reconocimiento: «Agradecemos muchísimo el reconocimiento, que viene a premiar ese trabajo de veinte años atrás donde intentamos convivir un monte que tiene una parte productiva con una parte paisajística y medioambiental». Y concluye con una idea que sirve de resumen para toda la visita: «El sello busca un equilibrio, teniendo en cuenta el tipo de propiedad, la nuestra, que es monte vecinal en mano común, con la rotatividad de las juntas rectoras. Para nosotros, la experiencia es buena».
Conclusión
La visita del Programa de Reconocimiento de Montes PEFC a la CMVMC de Areas – Tui deja varias lecciones. Un monte pequeño, bien gestionado y con una comunidad implicada, puede ser productivo, seguro, biodiverso y abierto a la ciudadanía. La apuesta por las frondosas, la innovación varietal y la educación ambiental no son actividades menores, sino partes integrantes de una gestión forestal sostenible que mira al futuro. Y la certificación PEFC, lejos de ser un mero sello, se convierte en el sistema que ordena, documenta y garantiza ese equilibrio.
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