Ganadería Xuíz: Una robotización planificada para producir más leche con vacas más cómodas y saludables

Pablo Rodríguez Fernández , propietario de Gandería Xuiz

Pablo Rodríguez Fernández , propietario de Gandería Xuiz

La incorporación de dos robots de ordeño Lely Astronaut A5 ha supuesto un antes y un después para esta explotación de Bóveda (Lugo), que ha incrementado la producción en más de siete litros por vaca y día sin aumentar apenas el consumo de concentrado. Detrás de esos resultados no hay una decisión improvisada, sino un proyecto que comenzó a gestarse hace años y que hoy convierte a la eficiencia y al bienestar animal en los pilares de la granja.

Los dos robots de ordeño que comenzaron a funcionar a finales de 2025 en Ganadería Xuíz no solo cambiaron la forma de ordeñar las vacas. También transformaron la organización del trabajo, mejoraron el confort del rebaño y permitieron que la producción diera un salto difícil de imaginar apenas unos meses antes. Hoy la explotación supera los 46 kilos de leche por vaca y día con una media de 3,5 ordeños diarios y más de 110 animales en producción, unos resultados que Pablo Rodríguez Fernández atribuye a una combinación de planificación, manejo y tecnología. “Lo que quería era poner robots y estar tranquilo, sacar muchos litros de leche y hacer muchos ordeños sin problemas”, resume.

Sin embargo, la historia de Ganadería Xuíz comenzó mucho antes de que los robots llegaran a la nave. La explotación tiene su origen en la pequeña granja que levantaron sus abuelos, una explotación familiar orientada a una economía de subsistencia que Pablo decidió continuar una vez finalizados sus estudios. “Tenía claro lo que me gustaba y cuál era mi pasión, que son las vacas. Por eso decidí venirme para aquí, modernizar las instalaciones, invertir en ganado y crecer poco a poco hasta llegar donde estamos hoy”, explica.

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Aquella decisión marcó el inicio de una profunda transformación que, en apenas unos años, cambió por completo la dimensión de la explotación. El crecimiento no fue fruto de una única inversión, sino de una estrategia muy definida. Pablo tenía claro que antes de pensar en producir más había que construir una base sólida sobre la que desarrollar el proyecto. Por eso una de las primeras decisiones fue invertir en animales de calidad. “No nos importó gastar dinero porque sabíamos que tener buenas vacas era la base de todo. Eso fue lo que hizo evolucionar la granja y nos permitió crecer con garantías”.

Paralelamente comenzó la modernización de las instalaciones. En 2018 construyó una nave diseñada inicialmente para unas cincuenta o cincuenta y cinco vacas, aunque desde el primer momento el edificio ya estaba pensado para que algún día pudiera albergar robots de ordeño. Dos años después llegó una ampliación que prácticamente duplicó la capacidad de la granja y confirmó que el proyecto seguía avanzando en la dirección prevista.

Durante esos mismos años también cambió la filosofía de trabajo. Cuando la explotación comenzó su actividad la mayor parte de las labores agrícolas estaban externalizadas, pero poco a poco fueron incorporando maquinaria propia para ganar autonomía y controlar mejor los costes y el manejo de los cultivos. La compra de un carro mezclador, un tractor equipado con agricultura de precisión y otros equipos permitió que actualmente la explotación realice prácticamente todos los trabajos agrícolas, dejando únicamente los ensilados en manos de empresas de servicios.

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La recría fue otro de los aspectos que evolucionó con el tiempo. Después de varios años enviando las novillas al centro de recría de Castro, la decisión fue volver a criarlas en la propia explotación. “No estábamos descontentos con el servicio, pero creemos que hacer nosotros mismos la recría nos permite tomar otro tipo de decisiones y conocer todavía mejor nuestros animales”, señala.

Mientras todo esto ocurría, la robotización seguía presente en la hoja de ruta. Antes incluso de decidir qué modelo instalar, Pablo incorporó los collares de monitorización de MSD Animal Health, compatibles con el sistema de gestión de los robots Lely Astronaut. La mejora en la detección de celos y en el seguimiento sanitario fue inmediata, pero aquella inversión también tenía un objetivo a largo plazo: preparar el Srebaño para un futuro sistema de ordeño voluntario. “Los collares ya nos dieron una mejora muy importante tanto en la detección de celos como en el control de la salud de las vacas, y al mismo tiempo nos permitían llegar mucho mejor preparados al momento de poner los
robots”.

Cuando finalmente llegó el momento de dar el paso, la decisión estaba muy meditada. Durante años Pablo visitó numerosas explotaciones robotizadas, habló con otros ganaderos y analizó diferentes alternativas antes de elegir los dos Lely Astronaut A5. “Tenía claro que tenía que ser Lely. La fiabilidad de la máquina es bestial, el box es muy amplio para la vaca, el brazo es muy robusto y, después de visitar muchas granjas, la decisión estaba clara. Además sabía que el servicio técnico era bueno, aunque ahora ya puedo decirlo por experiencia propia”.

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Los primeros días, como ocurre en cualquier proceso de robotización, exigieron muchas horas de trabajo. Durante aproximadamente diez días fue necesario enseñar a las vacas sus nuevas rutinas y acompañarlas en la adaptación al ordeño voluntario. Sin embargo, una vez superada esa fase inicial, los resultados comenzaron a llegar con rapidez. Las vacas pasaron de realizar dos ordeños diarios en la sala convencional a una media de 3,5 ordeños por día, un incremento que tuvo una repercusión directa sobre la producción. Apenas siete meses después de la puesta en marcha de los robots, la explotación había ganado entre siete y ocho litros de leche por vaca y día.

Lo más llamativo, según explica Pablo, es que ese incremento no vino acompañado de un aumento importante del concentrado. Mientras que anteriormente las vacas consumían entre catorce y quince kilos diarios dentro de la ración de la sala de ordeño, actualmente apenas reciben alrededor de un kilo más entre la ración unifeed y el punteo en robot, situado en poco más de siete kilos por vaca y día.

La ración está compuesta por veinte kilos de silo de maíz, catorce kilos y medio de silo de hierba, siete kilos y medio de concentrado y ocho kilos de bagazo de cerveza. “Hemos subido más de siete litros dando prácticamente un kilo más de pienso. Ese aumento no viene de la alimentación, sino del confort. Las vacas pasan más tiempo tumbadas, están mucho más tranquilas y se ordeñan muchas más veces que antes”.

Precisamente el bienestar animal fue otro de los aspectos que se tuvieron en cuenta durante el diseño de las instalaciones. La nave cuenta con una distribución poco habitual, formada por tres filas de camas —una doble y otra simple— y tres amplios patios de ejercicio que proporcionan una gran superficie disponible para los animales”.

“El diseño fue muy meditado. Gracias a esos patios conseguimos muchos metros cuadrados por vaca y eso hace que estén realmente cómodas”, destaca.

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Los dos robots se instalaron formando una L corta, con las entradas enfrentadas culo con culo, una configuración que favorece el tránsito de los animales y facilita el acceso voluntario al ordeño. Según Pablo, resulta sorprendente observar la naturalidad con la que las vacas utilizan los robots. A ello también contribuyen las camas profundas de serrín con carbonato, un sistema que sustituyó hace tiempo a la arena y con el que la explotación asegura haber mejorado notablemente el confort.

La robotización también ha cambiado la forma de trabajar de las personas. Aunque la explotación mantiene exactamente el mismo equipo humano —Pablo y dos empleados organizados en turnos de mañana y tarde—, la desaparición del ordeño convencional ha reducido considerablemente la carga física del trabajo diario. Hoy el tiempo puede dedicarse a tareas de mayor valor añadido, como la atención a las vacas recién paridas, el seguimiento sanitario o el control reproductivo.

De hecho, fuera de esas labores y del mantenimiento de las camas, únicamente es necesario acercar al robot dos o tres vacas por la mañana y otras tantas por la tarde, una tarea que apenas ocupa media hora diaria.

La mejora también se refleja en los índices reproductivos. Gracias al trabajo conjunto de los collares de actividad y al manejo de la explotación, la detección de celos ronda actualmente el 80 %, mientras que la fertilidad se sitúa entre el 35 y el 40 % y la tasa de preñez alcanza el 26-27 %.

Incluso algunas vacas que estaban destinadas al descarte han experimentado una recuperación inesperada tras la implantación de los robots. “Había cinco o seis vacas descartadas que hoy vuelven a estar preñadas porque rejuvenecieron con este sistema. Mejoraron tanto en bienestar como en producción que decidimos volver a inseminarlas”.

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Con los primeros meses de funcionamiento ya consolidados, el objetivo de Ganadería Xuíz pasa ahora por seguir afinando la eficiencia de la explotación. La intención es incrementar progresivamente el número de vacas en ordeño hasta situarse en torno a las 120, una cifra que, según Pablo, permitirá aprovechar todavía mejor la capacidad de los Astronaut A5 sin comprometer el bienestar animal ni la organización del trabajo. “Queremos encontrar un punto de equilibrio que nos permita producir más, seguir trabajando de forma cómoda y sacar el máximo rendimiento posible tanto de las vacas como de las máquinas”.

La experiencia de Ganadería Xuíz demuestra que la robotización no empieza el día en que se instalan los robots. En este caso comenzó varios años antes, cuando cada inversión, desde la compra de mejores animales hasta la incorporación de collares de monitorización, la ampliación de las instalaciones o la adquisición de maquinaria propia, se realizó pensando en un objetivo común. Los dos Lely Astronaut A5 representan hoy la culminación de ese proceso, pero también el inicio de una nueva etapa en la que la tecnología se pone al servicio del bienestar de las vacas, de la eficiencia de la explotación y de la calidad de vida de las personas que trabajan en ella.

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