«Hay que pensar muy bien donde se planta eucalipto, para no generar un problema ambiental grande»

Abordamos con el investigador y profesor del CSIC Fernando Valladares el impacto y las aportaciones que la agricultura, la ganadería o la actividad forestal tienen desde un punto de vista medioambiental

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«Hay que pensar muy bien donde se planta eucalipto, para no generar un problema ambiental grande»

Fernando Valladares ecólogo e investigador del CSIC.

Doctor en Ciencias Biológicas y profesor de investigación en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y en la Universidad Rey Juan Carlos, en Madrid; Fernando Valladares lleva a cabo, además, una importante labor de difusión científica. El impacto que el cambio climático y la acción humana tienen en los ecosistemas es uno de los temas centrales de sus investigaciones y artículos divulgativos.

En los últimos meses ha destacado la claridad de sus explicaciones sobre el papel protector de la naturaleza frente amenazas para el ser humano como el coronavirus. Con él conocemos también las implicaciones que la actividad agroganadera y forestal tiene en el medio ambiente.

-En más de una ocasión ha dicho que la vacuna para el coronavirus la teníamos en nuestros ecosistemas, ¿qué conexiones hay entre la pérdida de biodiversidad y la aparición de nuevas enfermedades y pandemias como la del Covid-19?
-Las conexiones son mucho mayores de lo que pensábamos. Nunca habíamos sido tan conscientes de que tener suficientes o un amplio número de especies en los ecosistemas reducía mucho el riesgo de zoonosis [infecciones]. Hay casos de estudios que lo han demostrado, como las enfermedades de Lyme, en la costa este de Estados Unidos, o la del virus del Nilo. En este último caso era la diversidad de aves lo que bajaba el riesgo de zoonosis significativamente en la especie humana. En la enfermedad de Lyme, donde la responsable es una bacteria, también ocurría que la falta de algunos animales típicos como la zarigüeya hacía que predominara el ratón, que tiene una carga de patógeno mayor, con lo que acababa pasando con mayor frecuencia y peligrosidad a la especie humana. Esto son solo dos ejemplos, pero hay muchos en los que la presencia de otras especies actúa como un cortafuegos natural al contagio humano.

-¿Esa misma función de cortafuegos natural es la que realiza el lobo con la tuberculosis en el jabalí?
-No exactamente. En este caso es un ejemplo de cómo la regulación con un predador, el lobo, mantenía los niveles de tuberculosis animal mucho más bajos. Así, el jabalí se mantenía en números muy similares si era controlado por el patógeno, por la tuberculosis, o si era controlado por el lobo. La diferencia radicaba en que con la presencia del lobo los niveles de infección eran muy bajos, con lo cual el riesgo de contagio para animales domésticos y otros elementos de la cadena trófica, era también menor. La tuberculosis animal no pasa, por el momento, a la especie humana, pero afecta significativamente a otros animales domésticos y salvajes como linces, zorros u otros mamíferos. Sin el lobo se comprobó que la presencia del patógeno era mucho mayor, lo que suponía un riesgo también más elevado para todo el conjunto del ecosistema.

“La biodiversidad constituye las piezas necesarias del ecosistema para que funcione”

-¿Aún es posible dar marcha atrás, o la salud de estos espacios naturales está demasiado dañada para seguir ofreciendo protección ante virus y patógenos? ¿Cuáles son las claves para recuperar la biodiversidad?
-Dar marcha atrás para algunas especies ya no será posible porque se han extinguido y eso es irreversible. Sin embargo, la función de algunas especies se puede ir recuperando por otras. Manteniendo un ecosistema más rico en especies la probabilidad de que se encuentren sustitutos funcionales es mucho mayor. La conservación, la protección de la biodiversidad, la introducción, en ocasiones, de especies claves, puede tener un efecto acelerador para la recuperación de la biodiversidad y la funcionalidad. Las piezas del ecosistema, es decir, la biodiversidad, son necesarias para que funcione, que realice funciones como amortiguar la carga vírica, reducir el riesgo de zoonosis, pero también amortiguar extremos climáticos y otro tipo de servicios relacionados con nuestra salud o comerciales como es la producción de madera, captar CO2, regular el ciclo hidrológico, la polinización… Todo ello se consigue en ecosistemas que funcionen y para ello es imprescindible que cuente con todas las piezas necesarias.

-¿En que líneas se puede incidir para que esta apuesta por la biodiversidad sea compatible con el aprovechamiento económico del medio natural?
-Me temo que la única forma es bajar un poco nuestras expectativas de producción a corto plazo. Lo conseguiremos en el momento en que bajemos la presión por producir en grandes cantidades, por ejemplo, alimentos o madera; y tengamos una visión más a medio-largo plazo de la sostenibilidad de todo el sistema. Se trata de no acabar con la gallina de los huevos de oro: no acabar con la producción a largo plazo por maximizar unos años de bonanza. Realmente, esa producción tan intensa tanto en sistemas ganaderos como forestales o en sistemas naturales, pero muy intervenidos, conlleva una pérdida de diversidad tanto genética dentro de las especies, como de esos mecanismos que permiten que el ecosistema realice más de una función.

“Tenemos que apreciar la multifuncionalidad que nos ofrece la naturaleza, en lugar de querer maximizar la producción, ya que eso no es sostenible”

Nosotros tendemos a reducir las funciones a una o a dos y a maximizar la producción para esa función y así no es como funciona la naturaleza, eso no es sostenible. Tenemos que apreciar la multifuncionalidad, aprovechar que la naturaleza puede hacer más de una función, lo que permite que el sistema sea más resiliente, capaz de soportar perturbaciones en el futuro, que sea más sostenible, más autónomo, por lo que se precise incluso menos dinero para mantenerlo. Todas estas ventajas solo llegan si no estamos obsesionados por maximizar una o dos funciones, bien sea la producción de madera o agroganadera basados en sistemas muy intensivos.

-¿Qué papel juegan la agricultura y la ganadería en esta recuperación? ¿Son un aliado para la recuperación de ecosistemas?
-Desde luego que pueden serlo, dependiendo de cómo se lleven a cabo. La agricultura muy tradicional, la que hacían los pueblos nativos en los Andes en una economía de escala local, se apoyaba en una gran diversidad. Eso hacía que hubiese variedades para cada microclima. Ahora, todo eso se va perdiendo y pretendemos poner la misma especie, además siendo genéticamente muy homogénea, en todo el territorio, porque es la especie que conocemos y queremos sacarle el máximo partido. Esto nos obliga a crear un entorno muy artificial, es como si quisiéramos criar cerdo ibérico en la tundra, sería una crianza totalmente artificial porque no se dan las condiciones necesarias. Recuperar una cierta naturalidad y resignarnos a que no todas las especies que nos gusten o aquellas a las que tengamos más estudiadas por su producción sean las que haya que poner en todo tipo de territorios es una vía de medio y largo plazo mucho más sensata y sostenible. A corto plazo pasan por una reducción de la producción, pero si integramos la producción sostenida durante muchos años entre los cuales haya habido efectos de sequía, plagas seguramente las diferencias en el volumen de producción se vayan atenuando, al tiempo que sumamos otras funciones que realiza un bosque, un cultivo, un sistema agrosilvopastoral o explotaciones ganaderas extensivas.

“Debemos ir transformando los sistemas intensivos en extensivos, porque tienen mayor grado de compatibilidad con otras funciones que proporciona el medio”

¿En qué debería mejorar la ganadería española intensiva en materia medioambiental?
-La ganadería intensiva, en realidad, es artificializar lo natural y no va por el buen camino. Tendríamos que limitarla a aquellos casos en los que no quede otra alternativa. Debemos abrir la ganadería intensiva a formas más compatibles con el medio ambiente y la sostenibilidad ambiental. La huella ambiental de las ganaderías intensivas es tan grande que se mide en algo tan importante como el agua, además de que siguen siendo altamente demandantes de antibióticos y fármacos. Todo esto da forma a una pirámide artificial a la hora de producir bajo estos modelos. Aunque tengamos tecnología para mantener este tipo de producción, si en el cómputo añadimos la huella ambiental que provocan no salen las cuentas. Por el momento, los estados van compensando de una forma indirecta y difusa ese coste ambiental. En general, debemos ir transformando los sistemas intensivos en extensivos porque tienen mayor grado de compatibilidad con otras funciones que proporciona el medio y una huella ambiental también más reducida.

-Tanto en agricultura como en ganadería, en muchas zonas de España, estas actividades están sufriendo importantes pérdidas por la acción de la fauna salvaje sobre cosechas o ganado. ¿Es también un daño colateral de una pérdida de biodiversidad? ¿Cómo hemos llegado a esta situación?
-Realmente estos ataques, por el momento, no suponen todavía una cuantía económica muy elevada, si bien es cierto que a los ganaderos que le afecta en sus ovejas o sus vacas supone una pérdida importante, pero para ello ya se han habilitado mecanismos de compensación. La idea es seguir profundizando en estas medidas para que el ganadero no pague por los efectos colaterales de la biodiversidad. También hay una cierta picaresca por parte de una parte del sector que busca compensaciones aunque no haya tomado las medidas necesarias para reducirlos u evitarlos o que pretende atribuir a la fauna salvaje pérdidas por otras causas. Las dimensiones del problema ahora mismo a escala del territorio no son tan grandes y tenemos otros problemas más graves.

“Tendemos a ver las políticas de conservación o reintroducción de especies como un gasto, en lugar de valorarlas como una inversión”

-¿Cómo se perfila la solución?
Esta problemática se puede abordar mediante una gestión de las políticas de compensación, basadas en la transparencia y la honestidad de los censos tanto de la carga de ganado y de la fauna salvaje. Es verdad que la rentabilidad económica a corto plazo se puede ver reducida, pero a medio-largo plazo, una vez más, todos salimos beneficiados. Tenemos tendencia a pensar que políticas como la conservación e reintroducción de especies como el lobo tienen un gasto, pero, en realidad, hay que empezar a valorarlo como una inversión. Nadie pensaba, por ejemplo, que la tuberculosis animal la iba a regular el lobo. Está claro que no se reintroduce un lobo para que regule esta enfermedad, pero entre las múltiples funciones que realiza un lobo en un ecosistema está la de reducir la carga de patógenos. En general, un ecosistema con todas las escalas tróficas y niveles es garantía de que puede realizar más funciones aunque no maximice individualmente ninguna de ellas.

As sobreiras mestúranse con frondosas caducifolias coma carballos ou castiñeiros.

“Los bosques mixtos crean una barrera natural frente a plagas”

-Y en materia forestal, ¿es contraproducente la repoblación de los bosques por la pérdida de biodiversidad que genera?
-Hay muchas formas de repoblar, como todo, se puede hacer bien o mal. Hay repoblaciones que no se han hecho bien desde un punto de vista ecológico, que pueden estar bien hechas estrictamente para la obtención de la madera. No podemos pensar que tener una única especie sea un bosque, eso es una plantación. La gran diferencia entre uno y otro es que un bosque es un ecosistema y una plantación es un artificio humano, y no podemos pretender que esta realice ni la enésima parte de las funciones que realiza un ecosistema natural o seminatural.

Uno de los principios básicos en silvicultura es favorecer bosques mixtos, en la medida de lo posible. En nuestras latitudes, los bosques no tienen muchas especies forestales, pero basta con que haya 3 o 4 especies y no se ciña a solo una. Esta variedad ofrece muchas ventajas ya a medio-largo plazo, puesto que permite que se regulen de forma natural frente a plagas, al crear las distintas especies una barrera entre sí, a diferencia de lo que ocurre en la plantación de una única especie. Es el caso, por ejemplo, de las plantaciones de pinos, donde la mayoría de razas son susceptible de la procesionaria. En lugar de contar con una plantación uniforme, solo de pinos, si se alterna con especies que no sean coníferas, como el alcornoque, hace que la plaga no encuentre continuidad y, aunque afecte a individuos la afección global es mucho menor.

-¿Puede compensarse el impacto que generan en la biodiversidad del ecosistema las plantaciones forestales de crecimiento rápido, como el eucalipto, con su papel como sumideros de carbono?
-No hay ninguna especie buena o mala. El eucalipto ha sido muy demonizado porque tiene impactos ambientales muy graves como las características químicas de su hojarasca, que vuelven o suelo muy ácido y muy poco favorable a la descomposición y a la sostenibilidad natural. Además, es una especie a la que le cuesta consolidar el suelo y tiene una elevada necesidad de agua. El eucalipto tiene graves problemas pero, indudablemente es una fuente de materia de pulpa de papel y madera y puede ser una opción válida para el territorio.

“No hay que pensar en eliminar por completo el eucalipto, pero tampoco se puede seguir en la línea que se ha hecho en grandes zonas de Galicia”

No hay que pensar en eliminar por completo el eucalipto, pero tampoco se puede seguir en la línea que se ha hecho en grandes zonas de Galicia o de la costa norte de España pensando en estas plantaciones como una panacea económica, porque estas especies de crecimiento rápido permiten recuperar la inversión, pero no son acciones favorables para el ecosistema. Si somos capaces de realizar una buena ordenación del territorio hay sitio para los eucaliptos, pese a que es una especie muy poco nativa en el territorio español, donde no existe otra especie similar autóctona. Por ejemplo, en el caso del pino, nos encontramos con plantaciones exóticas como el pino de Monterrey (California), pero al ser pino al menos tiene ciertas similitudes con los pinos autóctonos, mientras que en el caso del eucalipto no tiene un equivalente autóctono. Tenemos que pensar muy bien donde metemos eucalipto, sin que se genere un problema ambiental grande.

Si bien es cierto, que las plantaciones de eucalipto, como otras de rápido crecimiento, tienen la ventaja de ser buen sumidero de carbono, hay que tener en cuenta que, a veces, el ciclo de vida de esa madera es tan corto que casi es entretener un poco al carbono mientras pasa de un lado a otro. No es lo mismo que en maderas como el roble o la encina, donde el carbono queda acumulado durante mucho tiempo. Las especies productivas son eso: productivas; poco más van a hacer bien, y cada vez tenemos que aspirar a cubrir más de una función y conseguir bosques más resilientes a problemáticas como los incendios.

-¿Qué opinión le merecen los sellos de certificación forestal, ¿son garantía de biodiversidad, puesto que en la actualidad se centran en certificar plantaciones de monocultivo?
– Son garantía de lo que dice el contrato de certificación forestal. No hay dos agencias que certifiquen lo mismo. Muchas veces certifican el origen y eso ya es importante puesto que a veces se han hecho repoblaciones con variedades genéticas procedentes de zonas muy lejanas o muy empobrecidas. La existencia de una agencia de certificación ya supone un primer paso en asegurar que la procedencia es correcta y que se han cumplido unas determinadas condiciones de diversidad genética. Esto es un primer paso, pero queda aún mucho por hacer, hay que ver cómo se planta ese bosque, cómo se cuida, la presencia de otras especies o si se compatibiliza con otros usos que no sea solo la producción de madera. Todo eso nos lleva a que gane como bosque y que no quede en una plantación de madera.

-En los últimos años se ha puesto el foco en la agricultura y la ganadería como factores que contribuyen al cambio climático por el uso que hacen de la tierra. Ahora con la crisis del coronavirus se ha evidenciado que su impacto en materia de emisiones es bastante más reducido que el de otras actividades, ¿son realmente preocupantes las emisiones de la actividad agroganadera y forestal?
-Si, son preocupantes, ya que debemos de multiplicar las emisiones que generan estas actividades por la inmensa superficie que ocupan. Pensemos que actividades tan sencillas como quemar rastrojos o remover el suelo provoca emisiones de efecto invernadero. Aunque esta cantidad no sea muy elevada, cuando se multiplica por los millones de hectáreas en todo el mundo que ocupan el sector agroganadero y forestal tienen un impacto notable.
Se ha dicho muchas veces que los bosques tienen esa función de sumidero de carbono y de compensar emisiones, y aunque es verdad que la tienen, ya ha llegado un poco a su techo. Es cierto que se puede mejorar esta capacidad de los bosques con reforestaciones, hay margen de mejora, pero, en verdad, tenemos más que mejorar en cuanto a nuestras actividades económicas asociadas.

“No podemos exigir a los agricultores y ganaderos precios bajos y una producción más sostenible. Tiene que ser un esfuerzo de todos”

Si nosotros para producir un kilo de proteína animal tenemos que poner en movimiento determinada maquinaria estamos indirectamente emitiendo una cantidad importante de CO2 para producir ese producto. Por eso, la agricultura más local, que tiene una escala en la que suele sacrificarse el volumen de producción, permite reducir mucho la huella hídrica o de carbono por cada quilo de producto. Esa es una misión que no podemos pedir solo a los agricultores o ganaderos, no podemos pretender que sean ellos los que mantengan los precios bajos y exigirles una producción más respetuosa. Tiene que ser un esfuerzo de todos, en el que se deje atrás la producción de comida barata, porque tiene una huella ambiental tremenda, que por ahora parece no estar repercutiendo en nadie, ya que no la asume ni el productor, ni el distribuidor ni el consumidor. Además, nos proporciona el espejismo de que estamos produciendo tomates a 80 céntimos, pero si le sumamos su huella hídrica y de carbono su precio se incrementará.

Tenemos que ser conscientes de ello en nuestro día a día, cuando compramos, por ejemplo, un mango procedente de Perú a 3 euros, Debemos de tener presente que ese no es su precio real teniendo en cuenta su coste al medio ambiente por las emisiones que ha implicado tanto su cosecha como su traslado. Si pagásemos 300 euros por ese capricho y ese dinero a mayores se destinara a un fondo ambiental, puede que estuviéramos empezando a compensar y podríamos permitirnos seguir haciendo algunas de estas excentricidades energéticas, ya que son un auténtico disparate a nivel ambiental.

Una idea sobre “«Hay que pensar muy bien donde se planta eucalipto, para no generar un problema ambiental grande»

  1. Antonio da Costa

    Pola miña parte pode plantar os «alcolitros» debaixo da súa cama e debaixo da saia da súa muller

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