La reducción de la huella de carbono y la mejora de la eficiencia en el uso de nutrientes se han convertido en dos de los grandes retos a los que se enfrenta hoy la ganadería gallega. Estas exigencias no responden solo a una mayor sensibilidad ambiental, sino también a un marco normativo cada vez más definido, con referencias como el Real Decreto 1051/2022 y las estrategias europeas del Green Deal y Farm to Fork, que impulsan modelos productivos más eficientes y sostenibles.
En este nuevo contexto, la fertilización ya no puede abordarse únicamente desde el punto de vista del aporte de unidades fertilizantes. El foco se desplaza hacia cómo se gestionan los nutrientes, qué parte es realmente aprovechada por el cultivo y qué impacto tiene esa gestión sobre el suelo y el entorno. La microbiología aplicada al suelo y a los purines emerge así como una herramienta estratégica para avanzar hacia una agricultura más eficiente, capaz de reducir pérdidas, minimizar emisiones y mejorar la sostenibilidad de las explotaciones.
Con este objetivo, Delagro impulsó un ensayo en condiciones reales de explotación para evaluar una estrategia basada en el uso de la gama de abonos BLUE, tres soluciones con base microbiológica: BLUE LAND, un mejorante de suelo; BLUE CYCLE, un aditivo tecnológico para purines y BLUE STAR, un fertilizante NPK con tecnología CONTRIBUTE®, diseñados para actuar de forma complementaria a lo largo del ciclo del cultivo.
“Cada vez es más evidente que no se trata solo de aportar nutrientes, sino de conseguir que el cultivo los aproveche mejor”, explica Laura Vázquez, Técnica de Producción Vegetal de Delagro. “La microbiología nos permite activar procesos naturales del suelo que mejoran la eficiencia del sistema y reducen pérdidas”.
El ensayo se desarrolló en una explotación ganadera de Ribadeo (Lugo), sobre un suelo de textura franca y pH ligeramente ácido, representativo de muchas explotaciones forrajeras de la cornisa cantábrica. El sistema de manejo se basó en una rotación pradera-maíz, con aplicación habitual de purines complementada con fertilización mineral.
El diseño experimental comparó dos estrategias claramente diferenciadas: un manejo convencional de la explotación (T0) y un manejo basado en la aplicación conjunta de los productos de la gama BLUE (Blue Land, Blue Cycle y Blue Star) (T1). El seguimiento técnico se realizó durante todo el ciclo de los cultivos, con análisis de rendimiento y calidad en el laboratorio Rock River Laboratory Spain.
Resultados en pradera: más producción y mejor aprovechamiento

Los resultados obtenidos en pradera mostraron una mejora con el uso de los productos BLUE. El manejo T1 registró mayores producciones tanto de materia verde como de materia seca por hectárea, lo que supone un incremento real del alimento disponible para el ganado.
Además del aumento productivo, se observaron mejoras relevantes en la calidad del forraje. El tratamiento T1 presentó una reducción del contenido en fibra ácido detergente (FAD) del 1,75 % y una disminución de la lignina del 4,73 %, junto con un incremento del 12,87 % en carbohidratos no fibrosos.
Estos parámetros están directamente relacionados con la digestibilidad del forraje y su valor energético. “Reducir la lignina es clave, porque es la fracción totalmente indigestible y limita el aprovechamiento del resto de nutrientes”, señala Laura Vázquez. “Un forraje más digestible se traduce en una ración más eficiente”.
Cuando estos resultados se trasladan a potencial productivo, el efecto es evidente: el tratamiento basado en el uso de la Gama Blue permitió obtener un 14,25 % más de litros de leche por hectárea respecto al manejo convencional.
Resultados en maíz: mayor resiliencia en un verano seco

En el cultivo de maíz, los resultados fueron igualmente significativos. El ensayo se desarrolló durante un verano especialmente seco y con temperaturas elevadas, una situación cada vez más frecuente en Galicia y que condiciona de forma directa los rendimientos del cultivo.
A pesar de estas condiciones adversas, el tratamiento T1, con los productos BLUE, mostró mayores producciones de materia verde y materia seca por hectárea, lo que indica una mejor respuesta del cultivo a lo largo de todo el ciclo. Además, se registró un mayor peso medio de mazorca, con 0,29 kg frente a los 0,26 kg del manejo convencional, un dato especialmente relevante por su impacto directo en el contenido energético del silo de maíz.
En términos de calidad, el maíz obtenido bajo el manejo T1 presentó menor contenido en fibra difícil de aprovechar, mayor digestibilidad y un mayor contenido en almidón, configurando un forraje más energético y mejor adaptado a las necesidades productivas del ganado.
Estas mejoras se tradujeron directamente en producción de leche. El manejo convencional alcanzó 16.384 litros de leche por hectárea, mientras que el tratamiento con sinergia microbiana permitió llegar hasta 18.543 litros, lo que supone un incremento significativo del potencial productivo del cultivo.
“El ensayo demuestra que un suelo más activo biológicamente ayuda al cultivo a soportar mejor situaciones de estrés, como los veranos secos”, apunta Laura Vázquez. “Eso es cada vez más importante en nuestras condiciones”.
El suelo, punto de partida de la rentabilidad

Las conclusiones del ensayo confirman que la aplicación conjunta de la Blue Land, Blue Cycle y Blue Star constituye una herramienta eficaz para mejorar la productividad forrajera y la calidad del alimento, reduciendo la dependencia de fertilización inorgánica y optimizando el aprovechamiento de los purines.
Más allá de los datos productivos, el estudio refuerza una idea clave: el aumento de litros de leche no depende únicamente del animal, sino en gran medida de cómo se produce y se gestiona su alimentación. Apostar por el cuidado del suelo, la activación de su biología y un manejo más eficiente de los nutrientes se consolida así como una vía real para mejorar la rentabilidad y avanzar hacia sistemas ganaderos más sostenibles y resilientes.
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